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Cuando el poder político embriaga: una reflexión sobre la humildad y la lealtad

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Por Ezequiel Sosa

El poder político, cuando se ejerce con humildad, representa una oportunidad para servir a la gente y transformar vidas. Sin embargo, cuando se convierte en un motivo de soberbia, puede nublar el juicio y hacer que algunos olviden de dónde vienen, quiénes les tendieron la mano y quiénes caminaron a su lado en los momentos más difíciles.

No son pocos los casos en que personas que alcanzan importantes posiciones dentro del Estado o de una organización política cambian su forma de actuar. Aquellos que antes compartían con las bases, escuchaban a todos y valoraban el esfuerzo colectivo, terminan levantando muros de indiferencia y alejándose de quienes creyeron en ellos desde el principio.

La historia política demuestra que ningún cargo es eterno. Las posiciones son temporales, pero el respeto, la gratitud y la lealtad son valores que permanecen en la memoria de la gente. Quien olvida sus orígenes corre el riesgo de perder también el respaldo de quienes hicieron posible su crecimiento.

Muchos de los que hoy disfrutan de un alto estatus político llegaron hasta allí gracias al sacrificio de hombres y mujeres que dedicaron tiempo, esfuerzo y confianza a un proyecto común. Esos colaboradores, dirigentes y simpatizantes merecen reconocimiento, no olvido.

El poder no debe convertirse en una barrera que destruya relaciones ni en un motivo para perder la sensibilidad humana. Un verdadero líder no se mide por el tamaño del cargo que ocupa, sino por la forma en que trata a las personas cuando ya no las necesita para alcanzar sus objetivos.

La política requiere memoria. Recordar las puertas que se abrieron, las manos que se extendieron y las voces que defendieron un proyecto en los momentos de mayor dificultad es una muestra de grandeza. La ingratitud, en cambio, suele ser el primer paso hacia el aislamiento.

Existe un viejo refrán que conserva toda su vigencia: «No rompas el vaso del que bebiste, porque mañana podrías volver a tener sed.» Del mismo modo, nadie debe despreciar la escalera que le permitió subir, porque la vida enseña que, tarde o temprano, también habrá que descender por ella.

Reflexión final

El poder pasa, los cargos terminan y los privilegios se desvanecen. Lo único que permanece es la huella que dejamos en los demás. La humildad abre puertas que la arrogancia cierra; la gratitud construye puentes que la soberbia destruye. Quien hoy ocupa una posición de liderazgo debe recordar que el verdadero prestigio no nace del cargo, sino del respeto que inspira su conducta. Porque cuando el poder se acaba, solo quedan las personas… y serán ellas quienes recuerden si fueron tratadas con dignidad, lealtad y humanidad.

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