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¿La República de la apuesta?

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Por Luis Córdova

No quiero sonar como un hijo de José Ramón López, el pensador cibaeño que legó el pesimismo como una de las identidades del ser dominicano. Mi origen, adverso a algunas suertes, me ha obligado a no detenerme a contemplar el vaso medio lleno o medio vacío, sino a salir a buscar más agua. Sin embargo, hay momentos en que la realidad obliga a detenerse para advertir los riesgos que amenazan el tejido social.

En 1866, acosado por las deudas, Fiódor Dostoievski escribió El jugador. El novelista ruso, que padeció la ludopatía, comprendió que el apostador no persigue únicamente dinero; persigue la esperanza de que una sola jugada cambie su destino. Esa ilusión de controlar el azar y la necesidad de volver a intentarlo explican buena parte del drama humano que describió hace más de siglo y medio.

Hoy ese drama forma parte del paisaje dominicano. Las bancas de apuestas han dejado de ser simples establecimientos comerciales para convertirse en una presencia cotidiana. Allí donde una comunidad normaliza el juego como vía de progreso, el azar comienza a desplazar al trabajo, la educación y el emprendimiento como referentes de movilidad social.

Precisamente por eso preocupa el proyecto de Ley General de Juegos de Azar que actualmente cursa en el Congreso Nacional. La discusión no debería limitarse a licencias o recaudación fiscal. Lo importante es determinar si el Estado reforzará los mecanismos de protección frente a las modalidades de juego con mayor capacidad adictiva o, por el contrario, facilitará su expansión. Conviene recordar que los juegos electrónicos y virtuales no funcionan como una apuesta tradicional: están diseñados para mantener al usuario conectado mediante estímulos constantes, rapidez e inmediatez.

Regular no significa prohibir. Significa impedir que actividades de alto potencial adictivo se expandan sin controles adecuados. Facilitar modalidades de juego que hasta ahora han estado sujetas a mayores restricciones significaría reforzar una cultura donde la expectativa del golpe de suerte desplaza el valor del esfuerzo.

No deja de ser llamativo que esa mentalidad ya hubiese sido retratada hace décadas por Héctor José de Regla Díaz y Medardo Guzmán en el merengue El negrito del batey, donde el personaje dejaba ‘todo el trabajo al buey’ porque ‘el trabajo lo hizo Dios como castigo’. Lo que entonces fue una caricatura musical corre hoy el riesgo de convertirse en una resignación social.

Se debe reconocer que la libertad económica también exige proteger bienes públicos como la salud mental, la niñez y la estabilidad de las familias. Una legislación moderna debe equilibrar ambos intereses y no resignarse a que el crecimiento de una industria dependa de la vulnerabilidad de quienes más apuestan.

No se trata de promover el pesimismo, ni advertir el destino de un jugador ruso o un jornalero criollo. Las repúblicas no se construyen esperando el número ganador. Se construyen sobre el trabajo, la educación, instituciones fuertes y reglas claras. El agua que necesitamos nunca aparecerá por azar. Tendremos que salir, como sociedad, a buscarla.

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