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Los falsos asesores que contaminan el liderazgo y convierten la política en un escenario de intrigas

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Por Ezequiel Sosa

En la política existen personas que se acercan a los líderes con el supuesto propósito de asesorar, orientar y proteger sus intereses, pero que, en realidad, terminan convirtiéndose en verdaderos fabricantes de intrigas, falsos testimonios y relatos distorsionados que contaminan la percepción del dirigente sobre quienes le rodean.

Se visten de asesores, pero actúan como creadores de falacias. Construyen historias a medias, exageran situaciones, manipulan conversaciones y presentan ante el líder una imagen negativa de personas que, en muchas ocasiones, no han cometido ninguna falta, sino que simplemente se han convertido en víctimas de los celos, las disputas internas y las ambiciones personales de quienes buscan controlar el entorno del poder.

Uno de los grandes errores que puede cometer un líder político es escuchar únicamente una versión de los hechos. La política, como la vida, exige prudencia, equilibrio y capacidad para escuchar a todas las partes. Cuando un dirigente acepta como verdad absoluta los chismes, rumores y acusaciones que le llevan sus supuestos asesores, sin consultar ni escuchar a la persona señalada, corre el riesgo de condenar a un inocente y convertir en victimario a quien quizás sea la verdadera víctima.

Muchas veces, detrás de esas campañas de descrédito no existe una preocupación genuina por el líder, sino el temor de perder espacios, privilegios o posiciones. Hay quienes sienten celos de la capacidad, el crecimiento, la preparación y la lealtad de otros dirigentes. Por eso, comienzan a construir una imagen negativa de aquellos que consideran una amenaza para sus intereses.

La historia política está llena de personas que fueron utilizadas mientras resultaban convenientes. Fueron promovidas, impulsadas y colocadas en posiciones estratégicas porque representaban una fuerza necesaria para alcanzar determinados objetivos. Sin embargo, una vez cumplida su misión, fueron apartadas, rechazadas e incluso maltratadas por quienes, en otro momento, se beneficiaron de su trabajo, su capacidad y su lealtad.

Lo más doloroso es que, en muchas ocasiones, el líder no llega a conocer la verdadera historia. Solo recibe la versión que le presentan sus más cercanos, esos que se convierten en filtros entre el dirigente y la realidad. Así, personas leales terminan siendo presentadas como enemigas; quienes han demostrado compromiso son acusados de deslealtad; y quienes han trabajado incansablemente por un proyecto terminan siendo víctimas de los mismos que se beneficiaron de su esfuerzo.

Los verdaderos líderes deben cuidarse de los aduladores, de quienes siempre tienen un culpable para cada situación y de aquellos que pretenden convertirse en los únicos intérpretes de la realidad. Un líder que solo escucha a un grupo termina gobernando con una visión incompleta y corre el peligro de tomar decisiones injustas basadas en informaciones manipuladas.

La grandeza de un verdadero líder no se demuestra únicamente en la capacidad de ganar elecciones, conquistar posiciones o mantener el poder. También se demuestra en la capacidad de escuchar, investigar, preguntar y ofrecer la oportunidad de defenderse a quien ha sido señalado.

Antes de juzgar a una persona, es necesario escucharla. Antes de romper una relación política, es prudente conocer la verdad. Antes de apartar a un dirigente leal, hay que preguntarse quién se beneficia con su exclusión.

Porque muchas veces, detrás de una acusación, existe una disputa de intereses. Detrás de un supuesto consejo, puede esconderse una estrategia de desplazamiento. Y detrás de un falso testimonio puede encontrarse el deseo de eliminar del camino a una persona capaz, leal y con un liderazgo propio.

Un líder inteligente no debe permitir que sus colaboradores se conviertan en dueños de la verdad ni en administradores exclusivos de sus relaciones políticas. Cuando alguien necesita destruir la imagen de otro para crecer, probablemente no está demostrando liderazgo, sino inseguridad.

La política necesita menos intrigas y más honestidad. Menos chismes y más diálogo. Menos manipuladores y más asesores responsables. Porque un verdadero asesor no destruye reputaciones, no enfrenta personas y no fabrica enemigos para ganar espacio.

El verdadero asesor protege al líder de los errores, pero también lo protege de las injusticias. Le dice la verdad, aunque sea incómoda. Le presenta los hechos con equilibrio y nunca utiliza la confianza depositada en él para alimentar celos, venganzas personales o disputas por cargos.

Los líderes deben recordar que muchas personas que hoy aparecen como sus más cercanos colaboradores no necesariamente serán quienes permanezcan a su lado cuando cambien las circunstancias. El poder es pasajero, los cargos son temporales y las posiciones políticas pueden cambiar de un día para otro.

Por eso, nunca se debe maltratar, humillar ni apartar injustamente a quienes fueron leales cuando el proyecto necesitaba de ellos. Porque quienes hoy son considerados innecesarios pueden ser mañana las personas que más falta hagan.

La lealtad no debe ser premiada con maltrato. La capacidad no debe convertirse en una amenaza. La honestidad no debe ser castigada. Y ningún líder debe permitir que los celos y las intrigas de sus seguidores destruyan relaciones construidas durante años.

Al final, el tiempo siempre termina colocando a cada quien en su lugar. Los falsos testimonios se descubren, las intrigas salen a la luz y las verdaderas lealtades terminan siendo reconocidas.

Porque un líder puede equivocarse al escuchar un chisme, pero se equivoca mucho más cuando condena a una persona sin haber tenido la humildad de escuchar su versión. Y, en política, muchas veces, quien es presentado como el victimario puede ser, en realidad, la verdadera víctima de una estrategia diseñada por aquellos que temen que su capacidad, su lealtad y su liderazgo terminen ocupando el espacio que ellos desean conservar.

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