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A Radhamés Gómez Pepín, mi maestro e inspiración en el periodismo (In Memoriam)

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Caballero entre caballeros
-A Radhamés Gómez Pepín, mi maestro e inspiración en el periodismo (In Memoriam)

Por Johan Rosario

– 1997 –

El director se abrió paso entre mis compañeros sin saludar siquiera a la profesora. Apenas me tuvo cerca, desenfundó de golpe toda su ansiedad:

—Te llama Don Radhamés, desde Santo Domingo.

Su voz oscilaba entre estentórea y quebradiza. No comprendí qué Radhamés con rango de “Don” podría estar llamándome, mucho menos desde la capital, a mí, un imberbe de Tamboril cuyo mundo apenas alcanzaba los límites del pueblo. Menos aún entendía que un hombre del talante adusto de Javier Mejía anduviera por el liceo como poseso, flaqueando en su propio reino.

Llegué a la dirección escoltado en silencio por mi director. Intimidado hasta los huesos, me dirigí al teléfono que el propio Mejía me señaló con mano temblorosa.

—Levántalo —me ordenó.

—Hola, Johan. Te saluda Radhamés Gómez Pepín.

El mundo se me vino encima. Era demasiado para mis catorce años.

¿Estará esto pasando?, me pregunté. ¿No será un sueño?

Quedé mudo unos segundos hasta que logré balbucear:

—¿Don Radhamés? ¿De El Nacional?

—Yo mismo soy, Johan. Quiero conocerte personalmente. ¿Cuándo crees que podrías venir a la redacción?

Era un niño de 14 años cuyas decisiones dependían de sus padres. Aun así, aventuré:

—¿Podría ser este fin de semana?

Estaba demudado de emoción, casi levitando.

—Ven cuando tú quieras —respondió con tono coloquial—. Esta oficina es tuya.

—Le confirmaré la semana próxima —añadí, devorado por los nervios.

—De acuerdo, Johan. Y sigue escribiendo como lo haces. Tienes un admirador por aquí. Te espero pronto.

—Hasta luego, Don Radhamés.

Me quedé petrificado. Igual que Javier Mejía, voraz lector de El Nacional, quien sentía aquella llamada como una caricia en el centro de su ego: era a su liceo al que Don Radhamés había llamado.

Luego entendí cómo había llegado hasta mí. En una carta enviada al periódico con motivo de un aniversario, había incluido accidentalmente el teléfono de mi casa. Él no solo leyó la carta, sino que se tomó la molestia de llamar y pedirle a mi madre el número del liceo.

Los días siguientes no dormí. Logré convencer a mis padres con esa insistencia adolescente que termina por agotar a cualquiera.

—Está bien —dijo mi padre, entre desganado y molesto—. Irás a la capital.

Así viajé hasta la redacción de El Nacional, donde fui recibido con honores por mi héroe secreto. Lo había seguido hasta rayar en lo patológico. Releía sus columnas Pulsaciones hasta cinco veces en una noche. Para mí, era el mejor escritor de la tierra.

No olvido que, durante la famosa crisis del “entren to’ co’” en la Liga Municipal, viajé en un motorcito 70 desde Tamboril hasta Bonao con mi mejor amigo, solo para tener el periódico antes que nadie. A esa edad, conocer antes que los demás la postura editorial, el Radar o Polibroma, era asunto de vida o muerte.

De todo eso conversé con aquel señor amable, descomplicado y accesible. Me contó que se animó a llamarme porque, a mi edad, le había sorprendido la calidad de la redacción y la ausencia total de faltas ortográficas. Quería conocer a ese jovencito que se declaraba su admirador.

—Mira cómo es la vida —me dijo con esa humildad propia de los grandes—, ahora resulta que soy yo quien te admira.

Luego me invitó a desayunar.

Pasé toda la mañana observándolo: dando órdenes, corrigiendo textos, hablando con voz de trueno pero con una ternura inconcebible en la mirada. Ese día marcó un antes y un después en mi vida.

Antes de partir, me dio el mayor honor que un joven inexperto podía recibir:

—Como veo que te gusta el periodismo y ya has visto un poco de este oficio, mírate esta noticia y escríbele un titular como tú creas que debe ser.

Será el encabezado del periódico de esta tarde.
Lo hice asustadísimo, consciente de estar ante mi gran maestro. Al terminar, miré el reloj: mi tía me esperaba abajo a las doce y ya eran las 12:15. Me despedí a regañadientes, sin poder esperar el diseño final.

El titular tenía que ver con la lucha interna del PRD. Escribí algo así:

“PRD en desbandada; Fello dice no va, Milagros calla”.

Cuando salí, hora y media después, el periódico ya estaba en la calle. Contra todo pronóstico, el titular salió casi idéntico al que dejé manuscrito. Apenas varió ligeramente:

“PRD en desbandada; Fello no iría, Milagros muda”.

Hoy, que ha partido este grande del periodismo dominicano, un hombre merecidamente respetado que deja un legado imperecedero, he querido compartir esta experiencia personal, vivida a tan temprana edad.

Paz a su alma, querido y admirado Radhamés. Sus exquisitos editoriales harán gran falta en esta sociedad retorcida y permeada de antivalores. Prometo llevar su recuerdo y su ejemplo allá donde vaya.

Otoño 2015
Santiago de los Caballeros, República Dominicana
#TBT

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