Por Ezequiel Sosa
Uno de los mayores peligros dentro de cualquier proyecto político no siempre proviene de la oposición, sino de aquellos seguidores que, al sentirse cerca del poder o de un líder, terminan creyéndose superiores a los demás. En muchos casos, algunos militantes y dirigentes olvidan que antes de ocupar espacios de influencia fueron personas sencillas, solidarias y cercanas a las bases.
El poder prestado suele embriagar más que el poder real. Hay quienes, sin siquiera ostentar un cargo de gran importancia, actúan con arrogancia, desprecio e indiferencia hacia quienes durante años caminaron junto a ellos. Se endiosan por el simple hecho de sentirse parte del círculo del liderazgo, olvidando que el respeto se gana con acciones, no con posiciones pasajeras.
La humildad y la solidaridad, que en algún momento fueron sus principales fortalezas, han quedado atrás. Quienes antes compartían con todos, escuchaban a la gente y extendían la mano al necesitado, hoy levantan barreras de exclusión y creen que el acceso a un líder les otorga un nivel de superioridad sobre los demás.
Es importante recordar que ningún líder construye un proyecto solo. Detrás de cada victoria existen miles de hombres y mujeres que trabajan de manera silenciosa, recorren comunidades, defienden ideas y sostienen el proyecto en los momentos más difíciles. Nadie tiene derecho a menospreciar ese esfuerzo ni a tratar con desdén a quienes han sido parte de ese camino.
Los verdaderos líderes promueven la cercanía, la unidad y el respeto. Son sus seguidores quienes deben reflejar esos valores con su comportamiento. Cuando algunos se endiosan, cierran puertas, maltratan a compañeros y actúan con soberbia, no fortalecen al liderazgo; por el contrario, terminan debilitándolo y creando divisiones innecesarias.
La política exige memoria. Quien hoy disfruta de influencia debe recordar que el reconocimiento de la gente puede perderse con la misma rapidez con la que llegó. El poder es pasajero, mientras que la humildad, la gratitud y la solidaridad son virtudes que permanecen y dejan una huella positiva.
Existe un refrán que nunca pierde vigencia: «No desprecies la escalera que te permitió subir, porque algún día podrías necesitarla para bajar.» De igual manera, nadie debe olvidar a quienes estuvieron presentes cuando no existían privilegios, escoltas ni posiciones de poder.
Reflexión final
El verdadero valor de una persona no se mide por la cercanía que tenga con un líder ni por la influencia que ejerza en un determinado momento. Se mide por la forma en que trata a los demás cuando siente que tiene poder. Los cargos pasan, las posiciones cambian y los privilegios terminan, pero la humildad, la solidaridad y el respeto son los principios que distinguen a quienes entienden que servir siempre será más importante que sentirse superiores.








