Por Johan Rosario
Hay despedidas que caben en una palabra. Otras no caben ni en la noche entera. Se quedan atravesadas en el pecho, buscando un camino que no existe, y entonces uno escribe, no para vencer a la muerte -nadie la vence, salvo Cristo-, sino para oponerle al olvido una resistencia mínima, casi inútil, como quien enciende una lámpara en una casa que ya sabe que se va a quedar a oscuras.
Hace apenas unas horas me negaba a conjugarte en pretérito, Víctor. Sabía que la batalla era feroz y que el cuerpo llevaba años pagando tributos al dolor, pero conocía también al hombre que había aprendido a caminar con un bastón sin entregarle jamás el mando del espíritu. Mientras quedara una rendija, por estrecha que fuese, prefería esperarte de regreso. Verte convertido en ese rayito de esperanza.
No pudo ser.
Esta vez Dios escribió el último párrafo. Él siempre lo escribe. A veces deja un resquicio; esta vez no.
Y nosotros, los que te tratamos y apreciamos, apenas podemos ponerle lágrimas al margen.Te has ido, Víctor. Qué difícil resulta escribirlo.
Hay algo muy injusto en que un hombre que ocupó tanto espacio quepa de pronto en un recuerdo; en que una voz que atravesó casi treinta años se convierta en ausencia; en que alguien con quien compartimos caminos, palabras, cafés y pedazos de juventud tome de repente el rumbo insondable de la eternidad.
Contigo se marcha también una parte de nosotros: se van aquellos años en que éramos más jóvenes y el porvenir parecía infinito; se van las redacciones, las noticias perseguidas con hambre, los sueños desmesurados, las conversaciones sin reloj. Se va un poco de aquel mundo que alguna vez creímos eterno, tal como se escapa de las manos la arena de la playa.
Nos conocimos en 1997. Basta la fecha. Lo demás pertenece ya a ese territorio sacrosanto donde la memoria conserva lo que el tiempo no consiguió llevarse. Es cada vez más claro que el tiempo, al final, apenas existe. Existen los momentos. Existe la vida en su instante eterno.
Esa misma vida, un día cualquiera, hizo lo suyo. Nos dispersó por geografías y calendarios, puso océanos y silencios entre los días, hasta que muchos años después nos devolvió el uno al otro en Haverstraw. Allí, en el restaurante «Los Amigos» o «La Bajaita», de Main Street, descubrimos que algunas amistades tienen un pacto extraño: pueden pasar sobre ellas los años, las distancias y hasta el dolor, pero no consiguen eclipsarlas.
Conversamos como si la última despedida hubiera ocurrido la tarde anterior. Sobre la mesa había un plato de arroz, pollo y habichuelas. Hoy daría cualquier cosa por volver a aquella plática sencilla, por desquitar otra vez aquella comida y aquella conversación, por decirte que no te fueras todavía.
Pero la vida fue dura contigo, viejo amigo.
Un accidente en nuestta tierra natal quebrantó tu cuerpo y puso un bastón entre tus manos.
Vinieron después las limitaciones, los dolores, la cuesta interminable de sobrevivir en una ciudad donde hasta caminar puede convertirse en una guerra. Y, sin embargo, caminaste. A veces despacio. Otras, traicionado por el más puntiagudo de los dolores. Pero caminaste. Tu bastón conoció el peso de tu cuerpo; jamás el de tu derrota.
Seguiste escribiendo cuando hubiera sido más fácil callar.
Seguiste compartiendo cuando hubiera sido comprensible encerrarte. Seguiste viviendo cuando la vida parecía empeñada en ponértelo difícil.
Hasta hoy.
La muerte, implacable, consiguió al fin detener tus pasos. Y frente a ella nace esa antigua rebeldía que Miguel Hernández convirtió en desgarramiento: el deseo imposible de remover la tierra, de llamar al que se marcha, de exigirle a la ausencia que nos devuelva siquiera una palabra.
Yo también quisiera llamarte.
¡Víctor!
Decirte que todavía no. Que quedaron conversaciones. Que quedaron recuerdos sin desempolvar. Que faltaba otro encuentro para reírnos de los años y comprobar, una vez más, cuánto envejecieron nuestros cuerpos mientras la amistad seguía intacta. Que ya no te sintieras mal por mí, ni viendo aquellos programas imposibles con actores de cartón que ladraban a la luna de un modo que te dolía, porque sabías que ese que caracterizaban con gruesos embustes no era yo.
Conocías a Johan Rosario. A tu amiguito osado.
Me llamaste enervado. Quedamos de hablar un poco.
¿Y ahora, cuando te busque o te llame, qué?
Ya no responderás.
Y quizá esa sea la expresión más cruel de la muerte: llamar a alguien que conoció nuestra voz y descubrir que del otro lado solamente contesta la nada.
Por eso esta noche no quiero imaginarte muerto.
Prefiero imaginarte libre.
Quiero pensar que dejaste el bastón aquí abajo, apoyado discretamente contra alguna pared de este mundo. Que te levantaste. Que enderezaste el cuerpo. Que miraste hacia delante. Y caminaste.
Primero despacio, acaso sorprendido de que ya nada doliera. Después con pasos largos. Y finalmente corriste hacia esa luz que los hombres llamamos cielo porque todavía no hemos encontrado una palabra más hermosa para nombrar el misterio.
Camina, Víctor.
Camina todo lo que la vida te impidió caminar.
Corre.
Cruza los caminos que quedaron pendientes.
Y cuando encuentres la eternidad, siéntate un momento y mira hacia atrás. Aquí quedamos nosotros. Un poco más viejos. Un poco más solos. Y desde hoy, inevitablemente, un poco más llenos de recuerdos.
Dicen que los hombres mueren cuando su corazón deja de latir. No estoy tan seguro. Creo que la verdadera muerte llega cuando nadie vuelve a pronunciar nuestro nombre. Y el tuyo, amigo mío, todavía tendrá muchas madrugadas. Todavía vivirá en alguna conversación, en alguna vieja fotografía, en alguna historia contada entre amigos, en alguna página donde vuelva a aparecer Víctor Matta y, por un instante, parezca que nunca se fue.
Así que vete tranquilo. Has peleado bastante, guerrero. Ya puedes soltar las armas. No te sientas triste por mí. Sonríe, como yo sonrío por la dicha de haberte tratado y conocido. Yo estaré bien, viejo amigo y colega.
Que mucha luz acompañe tu viaje. Que Dios te reciba donde terminan todos los dolores y comienzan todos los misterios. Y si existe una redacción detrás de las nubes, busca una mesa junto a la ventana. Y tu antigua e inseparable cámara. Deja una silla vacía.
Algún día, cuando también nos toque cruzar la noche, volveremos a encontrarnos. Y entonces continuaremos aquella conversación que el tiempo dejó inconclusa. Nos tomaremos más fotos. Te lo prometo.
Hasta entonces, Víctor.
Hasta entonces, colega de antaño.
Vuela alto.
Aquí abajo, mientras alguien te recuerde, como prometo hacerlo yo, seguirás viviendo.








