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Cultura cívica para el fortalecimiento de la democracia

Nadie discute que las naciones como tales poseen más derechos y privilegios en el contexto global, pero los problemas que padece la democracia en nuestros días son muy distintos a los de hace treinta años, pues en aquella época era común escuchar reflexiones sobre los grandes desafíos que tenían las democracias consolidadas como las europeas y del norte de América, en comparación con los análisis sobre los procesos de transición que experimentaban las jóvenes democracias en el sur del mundo.

Hoy, el panorama ha cambiado, no solamente porque estas nóveles democracias han exhibido considerables progresos en la construcción y afianzamiento democrático, sino porque los desafíos que enfrenta la ciudadanía democrática ahora son globales, especialmente después de la ola nacionalista-proteccionista que se ha extendido por el globo y el impacto de la pandemia del COVID-19, donde se nota una tendencia en la supresión de libertades a derechos fundamentales con la implementación de medidas restrictivas para cumplir con las normas sanitarias mundiales.

Con el desarrollo y difusión del sistema democrático como forma de gobierno, hemos aprendido que no es una cuestión simplemente conceptual o institucional, sino que está ineludiblemente vinculada a la calidad de la ciudadanía y del compromiso que tengan con ella, como protagonistas de los procesos políticos y la obligación de asumir los valores y prácticas democráticas que garanticen su fortalecimiento.

Por eso, es necesario tener una clara conciencia de que no podemos continuar en una democracia de élites políticas, como en el gobierno saliente, pues estaríamos hablando de otra forma de gobierno no democrático, en donde unos pocos enquistados en su Comité Político tomaban todas las decisiones que afectaban a todo el país. A esta forma de gobierno se le llama autocracia o aristocracia.

Debido a este nexo nuclear entre ciudadanía y democracia es que hay que fomentar la implementación de la “cultura cívica” para el fortalecimiento de la democracia, evitando de este modo continuar corriendo el riesgo de caer, como llamaba el politólogo italiano Norberto Bobbio, en la “República de los Ciervos contentos”, es decir, aquella nación donde los ciudadanos obedecen los mandatos de una “élite” que desde las alturas palaciegas planifican y manipulan principalmente para el logro de sus propios intereses. Esto, evidentemente, no es democracia. La verdadera democracia le exige al ciudadano participar en los procesos periódicos, donde se alterna el poder político por medio del voto en las urnas, pero también esas elecciones son un legítimo ejercicio de rendición de cuentas, pues la democracia no sirve exclusivamente para elegir las autoridades que nos gobernarán, sino que también es una manera vigorosa de poder premiar o castigar las buenas o malas actuaciones de los gobiernos, tal como acaba de acontecer en las pasadas elecciones del 5 de julio, cuando la ciudadanía tomó conciencia y utilizó con efectividad abrumadora el llamado “voto de castigo”.

Por consiguiente, la cultura cívica puede convertirse en la fuerza ciudadana que contribuya a humanizar a la sociedad, adquiriendo conciencia de sí misma, fomentado la creación de una nueva generación de ciudadanos libres dentro de una democracia cada vez más sólida.

En este contexto, la cultura cívica será la palanca de apoyo para la convivencia social en la búsqueda del bien común, haciendo comprender a los ciudadanos que al existir pluralidad de opiniones, hay que armonizar para no ser excluyentes. También promover el diálogo social en la búsqueda de la verdad para tener argumentos sólidos de discusión, especialmente de los discursos y promesas de los políticos, pues si no educamos para ser demócratas, nos encontraremos en una sociedad totalitaria.

Es por ello que entiendo deberíamos impulsar la cultura cívica, primero desde el núcleo familiar y luego desde las escuelas, inculcando los valores democráticos, desarrollando en nuestros jóvenes la capacidad de ser críticos, creativos y concienzudos. Formar ciudadanos que puedan preguntar sobre todo lo que les rodea y sucede, que desarrollen la capacidad de comprender, para luego actuar, con la finalidad de que puedan asumir el rol de cambiar las cosas que no están bien y se conviertan en mejores ciudadanos que nosotros.

O sea, desarrollar el pensamiento crítico, para que puedan pensar por sí misv mos; el pensamiento creativo, para que puedan resolver sus propios problemas; y pensamiento concienzudo, para sembrar en ellos la capacidad de poder tomar en cuenta a los demás, fortaleciendo la convivencia social, sembrando valores como la empatía, compasión, justicia, fortaleza, fe y vocación de servicio comunitario. Al final, todo esto se convierte en un auténtico pensamiento democrático.

De esta manera, la participación de los ciudadanos en democracia comprenderá que no solo son importantes cada cuatro años para ser embaucados por la labia politiquera, sino que es una corresponsabilidad ciudadana tener siempre presente la actividad política en su vida cotidiana y nunca desentenderse porque con ello se debilita la esencia democrática.

Se trata de estar conscientes de las decisiones de aquellos a quienes confiamos la autoridad de decidir, para que entiendan y tengan siempre presente que no es un “cheque en blanco al portador gobernante”. Para eso hay que informarse constantemente de los procesos de toma de decisiones, y en base a ello, de ser necesario, organizarnos con los demás en la sociedad y crear contextos de exigencias, siempre dentro del marco legal que consagra la Constitución y las leyes relativas al orden público.

Otro valor que añade la cultura cívica es el fortalecimiento de la identidad democrática basada en el sentido de pertenencia a su comunidad, en su historia colectiva cimentada en la experiencia comunitaria y la noción de un porvenir, donde se pueda compartir de forma inclusiva de los diversos puntos de vista políticos, ideológicos, religiosos y morales que confluyen en la dinámica de una sociedad, a lo que denominamos: convivencia pacífica.

Finalmente, debemos estar conscientes que la democracia actual no está en su mejor momento por los desafíos globales que enfrenta, como el descontento social por los fracasos de sus gobiernos en resolver los problemas, el aumento de la desigualdad, el descrédito preocupante en los políticos y los partidos políticos, de las instituciones del Estado, como el congreso, JCE, etc. (ejemplarizados en la pasada gestión de gobierno), las “fake news” en las redes sociales y, por último, el impacto de la pandemia. Todo este cóctel tóxico puede ser combatido con el antídoto de la implementación de una política de cultura cívica dentro del sistema educativo nacional, para de este modo hacer al ciudadano el verdadero protagonista del sistema democrático.

El autor es miembro del Círculo Delta.fuerzadelta3@gmail.com

FUENTE: http://www.dominicanoshoy.com

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