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Ser víctima de trata de personas le arrebató su virginidad y la paz

Después de haber vivido en esa “prisión”, cuenta que nunca más ha vuelto a ser la chica estudiosa y alegre que era. ISTOCK

Hoy trabaja en una casa de familia brindando servicios domésticos. Le pagan 8,000 pesos. Antes de llegar hasta ahí, fueron muchas las lágrimas que derramó y los hombres que atendió sexualmente la protagonista de esta historia.

Ella ocupa un lugar en la larga lista de mujeres que han sido víctima de la trata de personas. Más de la mitad de las víctimas la ocupan mujeres y niñas. Una cuarta parte son niños. La entrevistada conoce este dato. En un buen español muy claro dice: “Después que salí de ese infierno me he quedado como traumada y desde que tengo un chance, busco información de este tema. Hace un año y algo que salí de ese lugar, y todavía no duermo, y hasta poco como”. Hace silencio.

Un minuto y 18 segundos después, retoma el tema. Lo hace con palabras entrecortadas. “A mí me ponían a atender a varios hombres en una sola noche. YoÖ”. Se detiene y se levanta de la silla plástica color azul, rumbo a la cocina. Toma un poco de agua y al regreso, pide excusa.

“Ha sido algo fuerte. Yo perdí mi virginidad cuando me convertí en víctima de la explotación sexual. El mismo día que la perdía tuve que estar como con tres hombres”. No puede más y lo deja saber con un llanto que también quebró la voz de quien hacía las preguntas.

El equipo de LISTÍN DIARIO no tenía prisa. Estaba dispuesto a durar el tiempo que fuera necesario con tal de lograr un testimonio que pueda ayudar a otros a no caer en la trata de personas.

Es inteligente Para evitar la sensibilidad que apuesta a no dejarla contar su historia, aborda una parte más técnica del tema. “La gente cree que la trata de personas solo tiene que ver con el aspecto sexual. No es así: trabajos forzados, criminalidad, mendicidad, servicio doméstico, matrimonio forzado y trasplante de órganos son algunas de las formas de explotación”, lo cita como se encuentra el dato en la Internet, lo cual corrobora que verdaderamente es una asidua “investigadora” del asunto en cuestión.

Ya está decidida. Se acomoda los lentes de patas rosadas, y abundante aumento. “Esa noche que me hicieron tener relaciones con esos hombres, siendo yo virgen, no me obligaron a recibir más clientes porque con el último me desmayé. Recuerdo que cuando volví en sí, había una doña y un señor atendiéndome”. Recordar esta parte al parecer le dio calor. Se dobla las mangas de su camisa verde de cuadros amarillos, y se muestra inquieta. Retoma la compostura y prosigue su relato. “Al día siguiente no pude atender a nadie, pero no sé qué era peor: si acostarme con los clientes o aguantar los maltratos verbal y físico del jefe. Hasta perra nos decía, y nos empujaba cuando se incomodaba. Era un verdadero infierno. Como Dios me ayudó traté de reponerme y hacerme a la idea de que debía estar ahí hasta que Dios me ayudara a salir”. Hace un aparte para atender una llamada. Al parecer era desde Haití. El cambio de idioma así lo confirmó. “Alo”, en creole, que significa hola, fue lo único que quién escribe entendió. Fue breve.

“¿Por dónde íbamos? Preguntó con una leve sonrisa. “Les cuento que duré dos años y medio en ese lugar acostándome con varios hombres. Éramos muchas chicas, la mayor no creo que llegara a 30 años. Con las cinco que más hablaba, me decían que casi todas estábamos ahí por lo mismo: trata de personas”, dice cabizbaja.

El calvario Sobre cómo se convirtió en víctima de trata de personas relata: “Yo había terminado la secundaria, y quería entrar a la universidad. Una persona me puso en contacto con un dominicano, pero no sabía que éste era ‘un traficante de personas’. Al mes, más o menos, ya me estaba dando respuesta. Para llevarme hasta Santiago. Ahí una señora me esperaría, dijo él. Nunca vi la señora. Fui a parar al lugar que te conté”.

“Eso sí, te repito lo que te dije por teléfono, no puedes poner mi nombre ni mi cara. Recuerda que a esa gente la ponen presa y la sueltan de una vez, y uno está en peligro. Protégeme, por favor”. Hace la advertencia conforme a las instrucciones que reciben sobre protección, luego de ser rescatadas de ese tipo de negocio. Arabelis Mejía, una experta en Derechos Humanos, Tráfico y Trata de Personas, insiste mucho en la importancia de mantener oculta la identidad de las víctimas.

Las lágrimas volvieron, y la joven de pelo crespo, ojos grandes, y un rostro perfilado, algo que dice es poco común en la raza haitiana, decidió terminar con el relato que había comenzado.

EN PUNTOS Lo que buscaba

 “Solo quería venir a este país a estudiar en Santiago, nunca imaginé que sería objeto de este crimen”.

No ofrece detalles

 Hace alrededor de un año y medio que salió de ese calvario que le robó sus ilusiones y lo más preciado para un ser humano: su dignidad.

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 Ahora vivo para mi Señor y nada, me refugio en la iglesia, y pido a Dios me permita ser abogada algún día”, concluye frotando sus manos en señal de que no todo está perdido.

FUENTE: https://listindiario.com

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