Opinión

El pestañear de un pollo     

La pandemia del coronavirus, que ha contagiado a más de 15 millones de personas, causado más de 630 mil muertos y el colapso de la economía global, produce también un cambio radical en los cimientos políticos, económico y social del mundo, proceso que ya palpamos o padecemos las generaciones presentes.

República Dominicana, azotada hoy por el rebrote pandémico, no escapa a los efectos de esa transformación virulenta, cuyas consecuencias pueden ser peores que  el saldo  de muertos, heridos y destrucción de las dos guerras mundiales y las crisis económicas de 1929 y 2008.

Antes del coronavirus, Estados Unidos y China negociaban  una salida a la guerra comercial que  causo pérdidas por más de 800 mil millones de dólares a la economía mundial; Europa debatía la salida del Reino Unido de ese esquema de integración política y Rusia procuraba agenciarse los territorios de Crimea.

El cuadro  mundial cambio repentinamente a partir del virus que se detectó en Wuhan a finales de diciembre de 2019, al punto que hoy Estado Unidos figura como epicentro de la pandemia, con una severa crisis financiera, y  China como la única potencia  que  superó las crisis sanitaria y económica.

Washington mantiene conflictos diplomáticos  de alta intensidad con China, Irán, Corea del Norte, Venezuela y Rusia, además de confrontar crisis internas por temas raciales, migratorios y pandémicos, lo que dificulta  el control de la pandemia y su recuperación económica planeta.

Economías emergentes  como Brasil, India, Sudáfrica y la propia Rusia,  sufren  el impacto muy severo del COVID-17, convertidas en epicentro de la pandemia y ahogada en profunda recesión, lo que también es causa de conflictos políticos y sociales internos.

La Comisión de Estudios Económico para América Latina (CEPAL) prevé que   la crisis  sanitaria y económica provocara que 28 millones de personas emigren a la condición de pobreza y pobreza extrema, en la región, dos  millones de los cuales corresponderían a República Dominicana.

En los tiempos de la dictadura de Trujillo era un motivo de privilegio laborar en unas de las empresas del tirano, como las fábricas de aceite, alimentos, cemento,  clavos, sacos y cordelería, armas, calzados y otras, estatus social que se mantuvo hasta  el inicio de la pandemia.

La mayoría del millón 114 mil trabajadores suspendidos por el COVID-19 laboraban en  grandes empresas manufactureras o de servicios, por lo que perdieron su condición de obreros o empleados formales, lo que equivale decir que perder un privilegio, en un ambiente laboral predominantemente informal.

A causa del coronavirus el mundo  cambia más rápido que el pestañear de un pollo, lo mismo que la sociedad dominicana, donde  la clase obrera  ve derrumbarse el  empleo formal, una suerte de privilegio en una sociedad donde el salario se degrada o se pierde en los laberintos de la explotación del hombre por el hombre.

FUENTE: https://almomento.net

Editorial

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