Opinión

Entre la Duarte con París, el humo de Duquesa, Punta Catalina y el polvo del Sahara

La carga de enfermedades asociadas con la contaminación del aire está incrementándose en todo el mundo. La Organización Mundial de la Salud (OMS) estima que alrededor 7 millones de personas en el mundo mueren anualmente por exposición al aire contaminado, la mitad, 3.3 millones, son atribuibles a enfermedades cardio-neuro-metabólicas (ECNM): infarto al miocardio, hipertensión, accidentes cerebro vasculares, obesidad, diabetes e hiperlipidemias.

Este proceso es atribuido al aumento de urbanizaciones y a la exposición crónica de aire contaminado. Las poblaciones más vulnerables son los niños y ancianos con patologías prexistentes. Hay evidencias contundentes que demuestran la asociación entre la exposición al aire contaminado y el riesgo cardiovascular aumentado, además, de una carga acumulativa del aire contaminado en la niñez.

Existen dos tipos de contaminación ambiental: natural (erupciones volcánicas, tormentas de polvo y los incendios forestales no intencionales) y la provocada por los hombres (cocinas, plantas eléctricas, vehículos de motor de combustión y por el humo del tabaco).  

La contaminación del aire exterior es producida por la combustión de combustibles fósiles y por procesos industriales, mientras que la contaminación del aire interior es producida por fumar y por cocinar con combustibles sólidos (leña, carbón y otros) en ambientes pocos ventilados. La Sociedad Europea de Cardiología publicó un informe en que cocinar con carbón o leña podría provocar la muerte prematura por enfermedades cardiovasculares.

Los componentes del aire contaminado son gases (monóxido de carbono, dióxido de nitrógeno, dióxido de sulfuro y ozono) y partículas finas (=o< 2.5 micras, PM2.5) que se encuentran en el petróleo, carbón, alquitrán y en combustibles fósiles, que están asociados con eventos cardiovasculares como infarto al miocardio, accidentes cardiovasculares, insuficiencia cardiaca, arritmias, hipertensión y otras. Las partículas finas penetran en los alvéolos pulmonares, estimulan a los macrófagos (glóbulos blancos) y a las células endoteliales/epiteliales liberando citocinas proinflamatorias, al igual que el COVID-19.

 Estudios epidemiológicos plantean la hipótesis de que una vez las partículas entran al pulmón producen inflamación local y estrés oxidativo que conduce a una inflamación sistémica, con disfunción endotelial, trombosis y aumento de la aterosclerosis. Otras hipótesis sugieren aumento del tono del sistema nervioso autónomo que puede conducir a la producción de arritmias graves.

Se ha planteado que las partículas ultrafinas (menos 0.1 micras) entran a la circulación, dañan las células y tejidos del sistema cardiovascular.

¿Qué tienen de común las ciudades de México, Pekín y Santiago de Chile?: el alto grado de contaminación ambiental. Santo Domingo, otrora capital de cielos azules y prístinos, ha emergido como una urbe con altos grados de contaminación desde hace varios años. Como ejemplo, la intersección Duarte con París, con una concentración de guaguas, voladoras, vehículos de concho, motores, vehículos oficiales y chatarras, que generan altos niveles de productos nocivos que enrarecen la calidad del aire que respiramos. Esta situación se ha expandido a otros puntos de la ciudad.

Santo Domingo agoniza frente a una humareda permanente del famoso basurero/vertedero de Duquesa, que cuando combustiona dependemos del albur de los vientos para librar a la urbe de la atmósfera grisácea contaminante. La combustión de los residuos orgánicos y sólidos genera toneladas de gases y contaminantes de todo tipo enfermando a los ciudadanos capitalinos.

La entrada en funcionamiento de la planta generadora de electricidad de Punta Catalina viene provocando una gran contaminación en las provincias de Peravia y Azua, produciendo toneladas de partículas finas nocivas y cenizas que se mueven por los vientos, ocasionando daños a la población.

La calidad del aire que respiramos se ha agravado con la llegada del polvo del Sahara, fenómeno cíclico dependiente de los vientos alisios que traen y arrastran no sólo polvo, sino microorganismos, metales, pesticidas y contaminantes no degradables.

¿Cuándo hemos sido advertidos de la calidad del aire que respiramos?, que no sea la repetición de los boletines emitidos desde Puerto Rico o de la ciudad de Miami. ¿Qué le costaría a la alcaldía de la ciudad o al gobierno central, advertir a la ciudadanía sobre la peligrosidad de deambular en una atmósfera enrarecida y potencialmente letal?.

Sí algo nos ha enseñado la pandemia del COVID-19 es la importancia del uso de mascarillas adecuadas que nos protejan del virus y de otros bichos contaminantes.     

JPM

FUENTE: https://almomento.net

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